For a film about an important topic – Alzheimer’s, care – to which the journey is dedicated. Starting from your personal experience, Marta Matutová it compresses into a little over ninety minutes six years of the raw familiar epic I know his mother’s mental degenerationembodied here by the sober Sonia Almarcha. Without embargo and contrary to what is happening e.g. Corridor (Laura García Alonso, 2026), here the protagonism does not arrive at the victim of the pathology until the person suffers the consequences.
I will not die of love (Marta Matute, 2026) He is scrupulous in handling the point of view de Claudia (Júlia Mascort), the youngest daughter of the marriage consummated by her father (no less brilliant Tomás del Estal), a military reserve. She is also her mother, the mayor (Laura Weissmahr), who lives in Barcelona and is full of her abductions and guilt, she behaves with the severity of a kindergarten teacher without repetition, those who value emotions with mental health.
Marta Matute’s room is never left behind Claudia, a teenager, a lesbian, someone who had an abortion as she entered adulthood for the duty to devote to your mother, the victim of the pain that consciousness and the obstacle to giving her takes back his/her parent’s own impulses – to adapt to the dual agenda Jon, sometimes (Sara Fantova, 2025) if antoja imperative-. Matute only leaves her on very specific occasions, such as when family gatherings require another person’s first plan for obvious dramatic reasons.
But the film is not just a deconstruction of rigor in reference to a dry perspective maneuver with the distinct elegance of an ellipse, look for explanations that come from the logic of life and dose aspects of the story without falling into tremendism; only when the union is exposed to several occasions – Claudia’s nagging father, who does not care for her – is the discussion between the two brothers fully justified.
The most emotional scenes are intense out of utility: the last moment between mother and daughter, shot without emphasis but nervously and placed in the first parts of the film; and a caress of the spirit that takes your heart like a blood-soaked bayonet.

Júlia Mascort joins Sonia Almarcha in “I don’t die of love”
hay too the idea of construction/deconstruction is inherent in the whole process of decomposition and illness-related family reunification. Buildings within buildings that will never be abandoned, real estate promotions in the middle of the wasteland, urban landscapes in the middle of the road, which reflect the idea that Claudia (and her most intimate surroundings) undergo endless modifications that, from a single tax according to the plan, may never be present.
This is it reddish film, with an ending that restores humble colossalism Akermansky across the ravaged kitchen floor, the only one I will not die of love where Claudia did not appear. I promise you won’t forget it.
Her fathers
En La buena hija (Júlia de Paz, 2026) is Carmela (Kiara Arancibia), Gordian naked about what she sees troubled marital relationship that it is impossible to desensitize young people. His fathers are about to split. He (Julián Villagrán) is a plastic artist who adores his hija. Genetics took care of the desire to discuss, which, combined with the teenager’s own rebelliousness, increases the tension with her mother (Janet Novás).
La casa de la abuela (Petra Martínez) se convierte en morada provisional para madre e hija y la oficina de punto de encuentro en el área de no agresión en la que los progenitores se intercambian a Carmela bajo estricta supervisión. La secuencia de arranque –una pared sucia, consecuencia del estallido de un objeto contra ella- ya nos avisa de que los desencuentros conyugales no fueron únicamente verbales.
Júlia de Paz expande las ideas contenidas en su cortometraje Harta (2021), gana en concreción con respecto a su película anterior Ama (2021) y se marca un ejercicio de funambilsmo moral similar al que practicó en Querer (2024) junto a Alauda Ruiz de Azúa y Eduard Sola.

Julián Villagrán, Júlia de Paz, Clara Aranzibia y Janet Novás, durante la presentación de ‘La buena hija’ en Málaga. Foto: EFE/ Jorge Zapata
De Paz nos pone en la piel de una hija atosigada por las dudas, sobrepasada por la presión en tanto una cuestionable interpretación de un hecho prosaico -una ahogadilla en una piscina- endurece un proceso de divorcio ya de por sí complicado. ¿Fue una broma de su padre? ¿Intentó asustarla para castigar por interposición a su madre?
Al igual que hace Marta Matute en Yo no moriré de amor, el férreo uso del punto de vista nos abandona ante un relato incompleto, pues compartimos la percepción que una atribulada Carmela tiene de cuanto sucede a su alrededor, por más que se den pistas suficientes como para que el espectador complete el cuadro. No hay aquí ambigüedad alguna.
Se trata, pues, de calibrar la dificultad inherente a tan arduos procesos, más aún cuando interviene una menor de edad, utilizada habitualmente como arma arrojadiza entre dos adultos desavenidos. Nadie pone en cuestión los accesos violentos del padre, pero lo que aquí importa es la impresión que Carmela tiene de su progenitor y la zozobra que le supone testificar en un juicio contra él (¡cómo sostiene ‘ese’ plano Júlia de Paz y cómo lo aguanta Kiara Arancibia!).
En ese sentido, la película es puramente expositiva y abre interrogantes a propósito del malditismo genético (¿y si soy igual de agresiva que mi padre?), la creación de redes de apoyo femenino (empezando por lo estrictamente consanguíneo) o la violencia vicaria.

Kiara Arancibia en ‘La buena hija’
En tan delicado terreno, Juan Villagrán se juega el tipo componiendo un personaje en el filo; la variante bohemia y ‘progre’ del Pedro Casablanc de Querer, lo que sirve para dar una idea de la transversalidad del machismo. La secuencia de padre e hija en el coche, sostenida sobre un hilo de violencia que nadie sabe si va a quebrarse, dan la medida de la precisión alcanzada por Júlia de Paz en menos de un lustro.
La buena hija es otra de las películas relevantes de la 29ª edición del Festival de Málaga.
Málaga, el paraíso de las películas simpáticas
Habrán notado que, en las crónicas precedentes, no han aparecido todos los títulos que forman parte de una sobrecargada sección oficial (hasta 22 películas). Eso se debe a un trabajo de discriminación que prima las obras más interesantes o aquellas que, por motivos de impacto industrial o trayectoria previa, tienen relevancia apriorística, como por ejemplo Mi querida señorita (Fernando González Molina, 2026) o Iván & Hadoum (Ian de la Rosa, 2026).
En el tintero quedaron un puñado de largometrajes que sirven para dibujar la línea editorial que gobierna una máxima competición que está a años luz de la edición anterior, esa en la que concurrieron Una quinta portuguesa (Avelina Prat, 2025), Muy lejos (Gerard Oms, 2025), La buena letra (Celia Rico, 2025), Sorda (Eva Libertad, 2025), Los tortuga (Belén Funes, 2025), La furia (Gemma Blasco, 2025) o la ya citada Jone, a veces.
En este 2026 abundan las películas que, por distintos motivos, pueden despertar la simpatía del espectador, pero que en lo estrictamente cinematográfico están lejos de ofrecer un nivel medio aceptable.
Por lo demás, todas ellas sin excepción se inscriben en las coordenadas de un cine comercial adocenado y fácilmente digerible para el público, así que tampoco responden a algunos de los objetivos básicos que debería plantearse un certamen de la envergadura de Málaga. A saber, descubrir nuevas voces (ahí están Yo no moriré de amor, Corredora o Mala bèstia), alentar que películas sin distribución encuentren un camino hacia las salas de exhibición o promover vías artísticas alternativas.
Nada de eso encontrarán en, por ejemplo, Después de Kim (Ángeles González-Sinde, 2026), mezcla de tragicomedia familiar y policíaco prescrito por un nutricionista especializado en pacientes con hipertensión.

Adriana Ozores y Dario Grandinetti en Después de Kim
Es decir, como una dieta baja en sal hecha película, con Adriana Ozores y Darío Grandinetti manteniendo en pie la función, encarnando a una expareja que se ve forzada a reunirse 25 años después –y a regresar de Buenos Aires a Benidorm- para hacer frente al violento fallecimiento de una hija de la que andaban tan desconectados como de sí mismos. La simpatía aquí la ponen los actores y sus pullas constantes, entre un sketch mejorado de Matrimoniadas y cierto cine popular en la onda de un Campanella menor.
Pioneras: ellas querían jugar (Marta Díaz, 2026) encuentra su gracia en la recuperación de una historia real no carente de interés, la de las primeras mujeres que formaron una selección nacional de futbol y se enfrentaron a un combinado portugués en pleno franquismo.
Hablamos de una película tan voluntariosa como ineficaz. Primero porque, en lugar de optar por una estética contracultural, de intentar romper con una narrativa hegemónica –eso fue lo que hicieron aquellas mujeres – recurre a la típica historia de superación explotada una y mil veces por el cine deportivo lo que, sumado a la pobreza de recursos que desprenden las imágenes, termina por malograr lo que hubiera podido ser una espléndida oportunidad para reivindicar un episodio clave en el camino hacia la igualdad. Tampoco ayuda que el protagonismo recaiga en el promotor del susodicho partido, haciendo de las futbolistas secundarias activas… pero secundarias al fin y al cabo.
En Lapönia (David Serrano, 2026) asistimos al enésimo intento de explotación de las diferencias culturales. La visita navideña del matrimonio que forman Mónica (Natalia Verbeke) y Ramón (Julián López), acompañados de su hijo, a la casa lapona de Nuria (Ángela Cervantes), hermana de la primera, y de su esposo finés Olavi (Vebjørn Enger), empieza a torcerse cuando la hija de ambos incurre en una delicada revelación destinada a romper la infantil inocencia de su primo.
This will be the seed from which will sprout a number of conflicts that go through marital secrets, family memories and more or less comic revelation regional differences that separate the Nordic perfectionism of the Spanish picaresque.
One can recover someone who gets lucky and finds some carcajada – sympathy, remembering – but in ecstasy, a group of characters who are determined to explain everything that happens and interpretive imbalance – it’s Ángela Cervantes against the rest of the world – the creator Lapland a deciphered and rich film.
We will search this extensive list with Movies about pizza (2026), the last work Carlo Padial (Algo muy gordo, Doctor Portuondo) co-written with Desirée De Fez and Carlos de Diego, an amiable (and sympathetic) reflection on the decadence of an office like film criticism (De Fez ejerce like this).
The journey seems to lead to her depression, a cultural commentator beset by the disaster of her profession; and his desire, currently in a design studio, fulfills a common purpose by starting a themed pizzeria with home delivery. The topic will of course be the cinema. And the department will not be others who will be criticized by critics sharpened by the precariousness of the sector, the guys and girls who will give you a pizza with a Tom Cruise nozzle, who will sell you a book about Kubrick.

Berto Romero in “Pizza Movies”
Film he vacillates between control, self-satisfaction, and illustrated colleaguealthough in its development it does not justify the change experienced by the character of Alan (Berto Romero), who goes from being a husband to a desperate businessman: things of love.

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