Es difícil leer poesía, porque pide escucha y hasta diría vaciamiento

Hugo Mújica (Avellaneda, Buenos Aires, 1942) vivió todas las vidas posibles hasta que tuvo el alumbramiento definitivo: la poesía. En 1961 desertó del servicio militar argentino y se marchó a Estados Unidos. Pintor en el Greenwich Village, se codeó con Allen Ginsberg, con el que compartió gurú, y con Timothy Leary, investigador pionero de las sustancias psicodélicas, entre otros.

Tras el bullicio contracultural, se recluyó durante siete años en un monasterio guardando voto de silencio. Esa es la palabra, silencio, que ha determinado su vida y su obra desde entonces. En octubre fue reconocido con el prestigioso Premio Loewe de Poesía, dotado con 30.000 euros, por Las hojas, la brisa y la luz danza las sombras, libro que se publica ahora en la editorial Visor.

El jurado, formado por Víctor García de la Concha (presidente), Gioconda Belli, Antonio Colinas, Aurora Egido, Raquel Lanseros, María Negroni, Juan Antonio González Iglesias, Carmen Riera, Jaime Siles, Luis Antonio de Villena y Javier Velaza, ganador de la anterior convocatoria, celebraron “una obra filosófica y meditativa, alejada de lo banal y de lo ornamental, que descansa sobre la coherencia de la atención plena y de la sabiduría”. Este miércoles tendrá lugar la recepción del galardón en el Hotel Ritz de Madrid a las 12:30 horas.

Pregunta. Se ha convertido en el más veterano de los galardonados con el Premio Loewe. ¿Qué supone este galardón después de más de cuatro décadas de trayectoria?

Respuesta. Antes que nada, gratitud y la felicidad que ella misma es. He tenido otros premios, pero este, dadas la cantidad y calidad del jurado, también de las tantísimas otras obras que pudieron haber sido ganadoras, me dice: está bien, seguí… Es alentador. Y ahora siento que sigo entre otros poetas, ese nombre del que siento pudor usar, ese nombre que se recibe de otros.

P. A los que dicen que la poesía corresponde esencialmente a un impulso de juventud, ¿qué les diría?

R. Antes que nada, de haber sentido ese impulso, lo sentí como pintor pero comenzó en mi niñez, recibiendo premios en la escuela como dibujante, y hablo de la primaria y todo como un juego, y seguí hasta mis 30 años, cuando la pintura me abandonó a mí. Sí, hay un impulso juvenil de expresarse, pero tiene que cultivarse, no basta enamorarse, hay que llegar a amar, y amar es sin ese “se” final, esa vuelta a uno mismo, al propio yo. O sea: el impulso es para empezar a escribir, la madurez poética es para saberse borrar… En la página y en la vida.

P. Lo han definido como “el poeta del silencio”, probablemente por su estancia en un monasterio durante siete años. ¿De qué modo determinó esa experiencia su obra poética?

R. Esos años fueron el antes y después de mi vida toda, desde ese tiempo casi sin tiempo sigo respirando. En cuanto a mi escritura, no la determinó sino que la fundó, lo pondría así: el silencio fundó el escuchar y el escuchar, el poetizar. En un poema digo algo así como que escribir es “escuchar lo que la vida nos cuenta de lo que aprendió de sí misma viviéndonos”.

»El silencio me dio la escritura dándome la escucha –el escuchar, no el mero oír–, cuando supe que todo habla, que todo es expresión. El silencio, vivido y no teorizado, habitado, fue mi partera, en él nací, intento seguir naciendo, a la poesía, desde entonces y en cada poema.

P. ¿Y hay algún secreto para lograr que en un poema se escuche el silencio?

R. Sí, en cuanto al lector: escucharlo sin querer saber, sin traducir a lo que ya se sabe o espera… lo que sería mero eco, sería usarlo para espejarse. Por eso es difícil leer poesía, porque pide escucha y, hasta diría vaciamiento. En un poema escribí: “en el silencio el silencio habla”. Y traducirlo, quiero decir escribirlo, es un imposible en el que es un triunfo fracasar.

»Escribir desde el silencio es perderlo al escribir, no hay otra manera, esa es su inasible fecundidad. El silencio, para usar una metáfora, es el relámpago, lo escrito desde él es ya trueno, pero el trueno sirve para que busquemos el relámpago… “¿Cómo decir que todo es luz,/ que cada ahora es/ un alba?/ ¿Cómo decirlo/ en silencio/ para escucharlo/ sin sombras?”.

»Con este poema, este simulacro de pregunta, comienza el libro premiado. Decirlo sin sombras sería invisible, sin ellas que la recorten, la luz solo enceguece… Es una lucha, pero mientras luchamos nos abrazamos, nos fecundamos: la luz y la sombra, el silencio y la palabra.

“La pintura me enseñó a ver; la poesía, a escuchar. Mis poemas tienen muchas imágenes que nacen de esa sensibilidad plástica”

P. ¿Y qué hay de la pintura? ¿Podemos reconocer en sus versos atisbos de sus años como pintor en Nueva York en aquella época contracultural?

R. Sí, la pintura me enseñó a ver; la poesía, a escuchar. Mis poemas tienen muchas imágenes que nacen de esa sensibilidad plástica, de ese buscar mostrar más que decir, a pesar de que pintaba abstracto. Pero allí estaba lo visto y sentido. Aún hoy, en mi escritorio tengo una reproducción de un cuadro de Morandi, la miro e intento escribir como pintaba él, comulgar su silencio con el mío, callar y desnudar. Mi poesía y mi vida, ya imposible de separar.

P. Por cierto, ¿añora esos años tan ajenos a todo lo que en su vida vino después?

R. No, no soy de añorar; al contrario, ni me llama ni me siento cómodo con los nostálgicos. Añorar casi me parece una infidelidad a la vida, es un asunto de insatisfechos, y hasta quizá de desagradecidos a sus hoy y sus mañanas; más bien ansío futuros, a pensar de la noche oscura de nuestro tiempo, el futuro es lo que será y esa es la pulsión creativa, crear lo que aún no fue: de lo que no es a lo que será. Mi pasión es por lo naciente y en cada parto una partida…

“Añorar casi me parece una infidelidad a la vida, es un asunto de insatisfechos, y hasta quizá de desagradecidos”

P. A lo largo de su trayectoria poética, su poesía se ha ido despojando de cada vez más elementos –el yo, el ornamento, la verbosidad…– hasta quedar reducida a poco más que un paisaje esencial. ¿Ha habido en esta depuración una voluntad literaria o se trata más bien de un alejamiento del mundo, del ruido, del ser humano…?

R. En verdad, no actúo con previa consciencia. Cuando escribo voy respondiendo más que diciendo, intento seguir una afectación de algo, una palabra que me sobresaltó… y desde allí voy a la zaga. Pero la voluntad es lo que menos actúa; más bien es la que más molesta, lo fecundo es la vulnerabilidad, el dejarme afectar…

»Y no creo ni quisiera alejarme del ser humano, creo que no es lo que plasmo, más bien me acerco cada vez más a la vida, “lo humano” me suena grandilocuente, digo la vida que nos vive, en este mientras tanto que la somos, y la encuentro siempre, y cada vez más, en lo que no cuenta para la cuenta del poder. La pequeñez, lo débil, es mi medida, la que intento acariciar.

P. Hay un largo camino entre la ocurrencia y la formulación del poema. ¿La escritura final de cada uno de estos responden a un chispazo de inspiración, como pensarán muchos, o hay tras ellos una intensa labor de corrección?

R. Muy, muy pocos poemas, y me parecen los mejores, y hablo de toda mi obra, vinieron –y no quiero sonar exotérico– terminados, es hermoso cuando ocurre. La mayoría los trabajo y mucho, suelo escribir poemas sueltos y, en algún momento, me percato que ya comienzo otros que apuntan hacia otro destino. Esa es la señal de que los anteriores forman un libro.

»En general, empiezo a reconocer una misma temática –por ejemplo, en el del premio, la presencia de la “luz”–, y allí comienzo a juntarlos y corregir de uno en uno y todos a la vez, pues escucho tal palabra, o la leo en un libro, y me aparece como la que debe ir en tal poema en lugar de tal otra.

»Es hermoso cuando aún se los tiene en mente y, cuando ya los siento casi pulidos, los grabo y en mi diario caminar de horas, los escucho, es otra comprensión. Allí predomina la musicalidad, ese es el trabajo de hacerlos lo más callados posible. Si al final ya terminan hablándose entre ellos y yo quedo afuera, está el libro… se va.

P. ¿Cuál es la razón por la que ha escogido esta estética visual en este libro: en diagonal los versos de los poemas, que descansan sobre la base de la página?

R. Siento que el poema, como todo, se apoya, no cuelga, y, como todo, aspira hacia lo alto, hacia la luz, hacia lo abierto, lo blanco o lo callado. Se empieza, por costumbre, desde arriba hacia abajo, yo quiero que arriba haya un espacio a recorrer, como un lavarse la mirada, un entonarse al silencio…

»Es como el afinamiento de la orquesta que precede a la ejecución de la obra musical, aquí lo es del oído y la mirada… Pero esta reflexión la cambio cada vez que me preguntan. En realidad no sé por qué, aunque cada vez intente saberlo. Quizá no tenga por qué, es que hay muchas gramáticas, y la espacial, ese vacío o esa nada, no es del orden de la comprensión sino del habitar.

P. Hay una tendencia en estos poemas a la máxima aforística (pienso en el poema “XXV”, por ejemplo). En unos tiempos de tanta confusión, ¿necesitamos una voz que nos marque el camino? Hasta las composiciones puramente contemplativas se redondean, a menudo, con una frase reveladora –y con poso filosófico– acerca de la vida.

R. “Marcar el camino” me suena muy fuerte, prefiero pensar en acompañar, en enseñar en el sentido de hacer señas, nunca de afirmar. A veces lo hago, pero no quisiera; lo hago por fidelidad a mí, haber aprendido que mi creación me sobrepasa a mí.

»Pero lo veo en mi escritura ensayística sobre todo, que siempre pongo un “quizás”, o un “para mí”, o termino con esos tres puntos que me persiguen, como que todo podría ser de otra manera, todo está abierto a su desplegarse, nada es canónico ni final, y que lo que diga es solo mi perspectiva… En mis clases uso mucho el humor, como para desinflar cualquier dogmatismo, intento, lo pienso ahora, quitar el miedo: la búsqueda de seguridad, siempre ligada, atada, a lo inamovible.

P. Sus inicios como poeta recuerdan a los de Ernesto Cardenal en el plano biográfico: años intensos, reclusión en orden trapense e impulso creativo. Sin embargo, usted no siguió el sendero de la significación política. ¿El creador no tiene, por tanto, la responsabilidad de trasladar un mensaje crítico y/o alentador, más allá de la belleza de su obra?

R. La obra es una cosa y su inserción en la cultura es otra, pero la obra se cumple en sí misma desde sí misma, todo lo otro es su después, ya no es ella sino nosotros, es lo que hago con ella. Yo lo llamo su “después”, o su desnudez, después la reviste la cultura, nuestra comprensión y nuestra intención. Y, dado que la nombras, la belleza, ella misma y desde ella, irradia su propia revolución, para no exagerar divinamente como Dostoievski y decir “salvación”.

»Tampoco, personalmente, me pasa escribir con una intención, idea o tema previo, no conozco mi inconsciente, pero intencionalmente no me sale, aunque quiera, si no nace de mi propio no saber me sale sin alma, poema sin poesía, repetición o artesanía.

“El juicio por la dictadura de Videla en Argentina fue un chispazo en el que vimos que la justicia es posible”

P. Ahora se cumplen 50 años del golpe de Rafael Videla en su país. En esos años se encontraba aún en el monasterio, si no me equivoco, pero ¿tiene algún recuerdo? ¿De qué modo le afectó? ¿Cómo recuerda el impacto en sus compatriotas argentinos?

R. Sí, yo no participé presencialmente de esos años, pero los sentí desde perdidas muy cercanas, y desde tanto dolor de exiliados… Por otro lado, para sacar alguna luz de tanta sombra, quedó el hito, tan excepcional en la historia argentina, de haberlos juzgado, condenados y encarcelados, fue un chispazo en el que vimos que la justicia es posible.

»Cincuenta años es mucho, otras generaciones ya nacieron en democracia, pero, creo, no hemos sabido hacer mucho con ella, la dictadura militar no era solo desaparición y muerte, eso no era más que el método para imponer una ideología, una economía, que está lejos de haber quedado atrás.

P. Y para terminar: a sus 83 años, ¿qué le han reportado todos los que lleva escribiendo poesía?

R. Haber ido descubriendo, sintiendo, que el sentido de mi vida ha sido ir creándolo, y que crear es el sentido de la vida, que para crearla la recibimos, y que hacerlo, de la manera que sea, es participar, sentirse partícipes, creadores y receptores a la vez del universo entero que se crea a sí mismo, desde antes y después de mi estar aquí, ahora y en mí.

»Sentirlo como el fondo mismo desde el que uno vive es sentir la gloria de estar vivo, poder decirlo es agregar lo propio a ese don de todo a todo del que todos somos partes, como expresión de eso llegamos y hacia eso partimos… Descubrí, aunque sea una palabra que no suelo usar, por respeto y veneración: la libertad. Esa libertad desde la que todo brota, incluso el mismo brotar… Y termino repitiéndomelo: crear es el sentido de la vida, porque es sentirla nacer, sentirse nacerse naciéndola.

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