Que la gente recuerde o no a ETA no me quita el sueño, yo voy a seguir escribiendo sobre ello

Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) ha consagrado la parte esencial de su obra literaria a contar la historia reciente de su tierra, el País Vasco, innegablemente marcada por la violencia terrorista. En Patria, el fenómeno literario que ahora cumple una década y lo ha convertido en una estrella, se ocupó de aquel trauma frontalmente, bien que sus personajes operaban, como en todas sus novelas, en la más absoluta cotidianidad. En otras obras, como Años lentos o Los peces de la amargura, prefirió detenerse en los aledaños.

Al escritor no le preocupa tanto quién disparó la bala como la herida social que esa bala provocó. Sobre esa premisa se alza Maite, su nueva novela, en la que se hace eco de los días en que transcurrieron el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco para contar la compleja relación de una madre y sus dos hijas.

Una de las hermanas es Maite, sobre la que cae el peso principal de la trama. Integrada en movimientos pacifistas que expresaron su repulsa a las acciones de la banda, representa a ese segmento social que no miró para otro lado.

De nuevo un personaje es el pretexto de Aramburu para inmiscuirse en la psique de un pueblo amordazado. A partir de su personalidad, poderosamente construida, intenta descifrar los razonamientos –y las pobres justificaciones– de la banda, pero también las actitudes de quienes no querían saber nada de aquello.

La violencia se instaló en el País Vasco con la misma naturalidad que el zirimiri sigue humedeciendo su arquitectura. Es inevitable, por tanto, que se infiltrara en las conversaciones privadas. Aramburu sigue obstinado en revelar la intimidad de esos susurros. Nos recibe en el Hotel Casa de las Artes de Madrid. No rehúye una sola pregunta, pero advierte que, antes que la política, le interesan los hilos que tejen las relaciones humanas.

Pregunta. Cuando emprende esta novela, ¿qué se le ocurre primero: el personaje de Maite o el contexto del secuestro de Miguel Ángel Blanco?

Respuesta. Siempre parto de los personajes, que, en mi caso, siempre son personas normales y corrientes. De alguna manera, son la harina con la que yo hago mis panes literarios. No es otra cosa que la ultraconocida indagación en la condición humana. Me centro principalmente en gente de mi tierra porque los conozco. Sé cuáles son sus hábitos, sé cómo se expresan y también sé cómo repercutió en muchos de ellos la historia terrible que tuvimos. Y una vez que se empieza a formar en un rincón del cerebro una historia, empiezan a acudir personajes y les busco un contexto histórico y un contexto espacial.

P. Más allá de la peripecia dramática que envuelve la relación a tres [Maite, Elene y Manoli, la madre], sobrevuela en toda la novela esa idea de manifestar la repulsa ante el terrorismo de puertas para adentro y, sin embargo, no exteriorizarlo hacia afuera. ¿Quería señalar eso que, por cierto, también estaba en Patria? El silencio, el miedo, pero también la actitud pusilánime de parte de la sociedad.

R. Esta paleta de comportamientos está en Maite y está en Patria, pero también estaba en la realidad. Cuando hablamos de terrorismo quizá deberíamos tener en cuenta que no estamos hablando de noticias, sino que quienes vivían allí estaban sometidos a la posibilidad de sufrirlo. Entonces, de una manera instintiva, el ser humano desarrolla unos comportamientos de supervivencia.

Fernando Aramburu en el Hotel Casa de las Artes. Foto: Nieves Díaz


Fernando Aramburu en el Hotel Casa de las Artes. Foto: Nieves Díaz

P. Maite es una narración más convencional que la de Patria, pero asume propuestas arriesgadas como la de los castillos o las autoentrevistas de Maite, que deparan un monólogo interior o una reflexión dialogada. ¿Por qué a esta novela le iban bien estos recursos?

R. Pensaba que nadie se iba a dar cuenta. ¿Sabes lo que pasa? Que llevo ya bastantes novelas experimentando con aspectos formales y pienso que he agotado un poco la búsqueda. Con Maite me propuse centrar la creación en aspectos psicológicos, en crear un retrato no convencional de un ser humano que lleva a cabo una serie de ritos que se van repitiendo a lo largo de la novela. Y es ahí donde he puesto mi mayor interés creativo.

»Llevo cuatro o cinco novelas en las que estoy tocando la estructura, expresiones lingüísticas, haciendo intervenir al texto, etc. Pero después de El niño creía que iba a incurrir en algún tipo de repetición, y esto me incomodaba mucho. En este caso decidí indagar más bien en el componente psicológico y decidí convertir al personaje en una especie de cámara cinematográfica, de tal manera que todo lo que ocurre le pasa a ella, pasa delante de ella o se lo han contado. Esto ya me daba el estímulo creativo suficiente.

P. El diálogo ficticio que tiene Maite con Miguel Ángel Blanco es tan interesante porque rellena un espacio de la realidad que se nos escapa: la conversación que presumiblemente no tuvo lugar entre el condenado a muerte y una persona que seguirá viviendo. ¿Esta fue una idea previa o le brota en pleno desarrollo de la narración?

R. La idea de los castillos de Maite forma parte del diseño de la novela. Ya estaba antes de empezar a escribir y me surgió porque yo deseaba que este personaje tuviera un grado alto de empatía con aquellos que realmente sufren. De ahí que le adjudicase estos castillos imaginarios que ella se crea simplemente con estar a oscuras.

»Por supuesto, esto es ilusorio, pero creo que es muy significativo de la pasta humana de la que está hecha esta mujer, que no solamente intenta solucionar los problemas del mundo en un ámbito que ella se ha creado, sino que también tiene una necesidad instintiva de tocar el amor allí donde se produce, donde ve a alguien que se abraza, a alguien que se besa. Eso está todo diseñado y después, en el curso de la redacción, lo desarrollo.

Fernando Aramburu en el Hotel Casa de las Artes. Foto: Nieves Díaz


Fernando Aramburu en el Hotel Casa de las Artes. Foto: Nieves Díaz

P. Por cierto, ¿Fernando Aramburu se introduce en esos castillos?

R. No. Es verdad que tengo mis ritos. No los llamaría manías porque los gobierno, pero el recurso de los castillos no lo he ejecutado nunca. Aunque a mí no me parece excesivamente estrafalario. A veces nuestro propio cerebro, al margen de la voluntad, se monta estas ilusiones y sueños.

»Lo que sí comparto con Maite son las autoentrevistas. Sobre todo al principio, cuando empecé a publicar libros, me generaba una considerable inseguridad enfrentarme a los periodistas, así que me adelantaba haciéndome preguntas que yo suponía que me iban a hacer. Esto lo superé hace mucho. En realidad, aquí todo Cristo habla a solas y se pregunta y se responde [risas]. Ella se trata a sí misma con cierto empaque cortés. Se trata de usted, razona, habla de una manera muy cartesiana consigo misma…

P. Bueno, es que las reflexiones más profundas de la novela están en esas entrevistas…

R. Pero esto es un truco del novelista, hombre [risas]. Yo no voy a cortar la narración para meter ahí un discurso. Pensaba en cómo hacerlo para meter esos discursos, pero de una manera narrativa. Por eso la idea de la autoentrevista me parecía muy útil.

P. En los días del secuestro de Miguel Ángel Blanco ya vivía en Hannover, pero ¿cómo recuerda esos momentos? ¿Hablaba con gente de Donosti?

R. No, porque yo estaba muy aislado de mi gente. En el año 97 yo no tenía Internet todavía, así que me informaba por la radio. Para mí, el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco fue sobre todo un hecho radiado. Y lo viví como lo han vivido mis personajes, en vilo y con unos muy malos augurios desde el principio. Y con mucha pena.

“Necesito implicarme personalmente en lo que hago. No puedo escribir novela negra porque no sé hacerlo, y tampoco quiero aprender”

P. ¿Por qué ha escogido este episodio para esta novela? ¿Qué posibilidades literarias tenía?

R. Este hecho me interpelaba muy fuertemente, y además me creaba una relación personal con lo narrado, que es algo que necesito. Yo trabajo de una manera muy profesional, y sin embargo necesito implicarme personalmente en lo que hago. No puedo escribir novela negra porque no sé hacerlo, y tampoco quiero aprender. Sin embargo, si yo introduzco este hecho, me siento afectado, incluso succionado por aquello que estoy haciendo. Y sé que voy a poner corazón.

»Por supuesto, intentando no incurrir en el sentimentalismo ni en lo patético, pero sé que no me es indiferente lo que estoy contando. Y creo que eso se nota. Me obliga a ser auténtico, a trabajar con una determinada actitud. Este hecho terminó adquiriendo una significación simbólica muy fuerte. Ha habido otros crímenes igual de crueles que el de Miguel Ángel Blanco, pero la historiografía eligió este hecho para darle una determinada simbología.

P. Siempre se ha comentado que fue el principio del fin de ETA, en tanto que supuso la ruptura con buena parte de la gente que lo apoyaba. Sin embargo, en un momento Maite dice estar segura de que ETA no tenía ya fuerza: en 1997. ¿Realmente la sociedad creía entonces que ETA estaba debilitada?

R. ETA daba síntomas de debilidad. Poco antes había sido liberado Ortega Lara, la banda estaba muy filtrada de topos, la colaboración de Francia era ya decisiva, etc. Por otro lado, la gente salió a la calle en masa, ahí realmente se rompió algo: un temor, un recelo, un exceso de prudencia. También ETA y sus cómplices vieron que ahí había una muchedumbre que estaba en contra y además estaba generando una serie de símbolos. Por ejemplo, las manos blancas.

“Con Miguel Ángel Blanco se rompió algo: un temor, un recelo, un exceso de prudencia. La gente se dio cuenta de que no estaba sola en su protesta”

»Evidentemente, esto tuvo que tener algún efecto. Ya no se trataba de un conflicto, como decían, sino que había una respuesta masiva. Por eso este hecho ha quedado como un antes y un después: la gente se dio cuenta de que no estaba sola en su protesta. Y entonces ya proliferaron las manifestaciones multitudinarias. En ese sentido, el crimen de Miguel Ángel Blanco pienso que merece una relevancia, una mención especial dentro de lo que fue la resistencia pacifista.

P. Este año se cumple una década de la publicación de Patria. Entonces había pasado un lustro del anuncio del cese de la violencia. En esos años se discutía la batalla por el relato o la conveniencia del olvido en según qué casos. ¿Cómo ve el asunto desde entonces? Aunque no viva en el País Vasco, ¿cree que, socialmente, se ha superado?

R. No, lo que pasa es que el tiempo hace su trabajo con la ayuda del olvido, y lo que no existe en la actualidad es el terrorismo. Se han incorporado, además, a la sociedad otras generaciones que no vivieron aquello. Recuerdo que mi padre a veces sacaba el tema de la guerra civil cuando yo era niño y poníamos los ojos en blanco. Porque no lo habíamos vivido, y porque ya habíamos oído demasiado. Creo que esto es natural.

»Ahora bien, yo me considero un cronista, no tanto de lo que ocurrió, pero sí de los comportamientos humanos. Mientras la salud aguante, y si nadie lo impide, voy a seguir aportando literatura que atienda los casos de las víctimas, su dolor, su soledad… Que la gente hable de aquello, lo recuerde o no, es algo que no me quita el sueño en absoluto. O sea, no puedes parar el tiempo y pretender que toda una masa de gente esté debatiendo, porque estamos en otro momento.

»Por eso he insistido muchas veces en que la memoria debería estar fuera de los cerebros. Debe estar en las hemerotecas, en las películas, en los libros, o sea, en sitios a los que pueda acudir quien tenga interés por informarse. Y convendría que los testimonios los hicieran quienes vivieron de cerca los hechos.

P. En todo caso, no me resisto a hacerle una pregunta, porque más allá de lo que el olvido ha hecho para que todo se vaya normalizando…

R. Disculpa, es que la palabra normalizar no me atrae porque da la impresión de que allí donde ocurrían atrocidades ahora hay algo normal. Y no creo que sea esto lo adecuado cuando todavía queda mucha gente que sufrió, que perdió familiares… Estas personas no van a olvidar. Estas personas no van a alcanzar nunca la normalidad. Ahora bien, el tren social no se detiene, eso es cierto.

“¿Para qué tanto dolor si al final íbamos a llegar a esto, a aceptar unas normas democráticas? Joder, pues podrían haber parado mucho antes”

P. Quería decir que el ambiente se ha destensado…

R. Claro, totalmente. Yo voy a mi ciudad natal y parece mentira ver unas calles limpias de pintadas o de reivindicaciones. Como mucho, te encuentras una bandera de Palestina. Entonces uno se pregunta: para qué tanto dolor si al final íbamos a llegar a esto, a aceptar unas normas democráticas… Joder, pues podrían haber parado mucho antes. Y, por otro lado, ¿dónde está el conflicto? Porque si ellos querían la independencia y no la han conseguido, ¿por qué ahora no se habla del conflicto aquel que por lo visto justificaba lo injustificable?

P. A propósito, le iba a preguntar su opinión sobre el hecho de que Bildu esté en el parlamento. ¿Es un éxito político, incluso social, o una humillación a las víctimas?

R. Ah, no sé, es que no me interesa Bildu. Estoy totalmente desvinculado de la política actual de mi tierra, yo vivo en otro país. Sí me interpelaba la violencia, eso sí que me sacaba de mis casillas. Pero ahora descender al sótano de la política actual no me apetece. Incluso creo que es algo que los escritores deberían evitar, a menos que sean ellos los que, desde su discurso personal, aborden las cuestiones colectivas. ¿Pero ponerme a opinar de lo que dicen los políticos y de lo que hacen? Te lo juro, es que no tengo la capacidad de admirarlos.

“Si querían la independencia y no la han conseguido, ¿por qué ahora no se habla del conflicto aquel que por lo visto justificaba lo injustificable?”

P. Otra de sus novelas, inscrita en la serie “Gentes vascas”, es Hijos de la fábula. Está protagonizada por dos jóvenes varones, pero la presencia de las mujeres es muy relevante. Como Cristina, que cambia la perspectiva de Asier. Maite directamente es la historia de tres mujeres. Y en Patria, Miren y Bittori. Son muy importantes en su obra.

R. En mi obra y en mi vida. He tenido la fortuna de convivir con mujeres excepcionales, admirables. Llevo conviviendo con la misma desde hace 43 años, y tengo hijas, y tengo una nieta. El mundo femenino a mí me atrae mucho como vivencia humana, así que no es extraño que aflore en mi literatura. Es curioso, porque con Maite he intentado que, por primera vez, no protagonice una novela mía una típica mujer vasca, dura, peleona. Esta vez he hecho un esfuerzo para que la protagonista fuera más dulce, más conciliadora. Esto ha sido un reto para mí, porque yo me crie rodeado de mujeres de fuerte carácter.

P. Como en Patria, de nuevo es un gesto sencillo, no una conversación ni una frase categórica, lo que redondea la novela. Le gustan ese tipo de finales.

R. Sí. Tanto en Patria como en Maite opté por un final de cuento. El de Maite, además, es un final que requiere un poco de atención en los lectores, porque tiene mucha miga, aunque parezca que no. No es un final que cierre como un portazo, sino que ahí queda algo poco espectacular, pero que creo que obliga incluso a replantearse muchas cuestiones de lo que se ha leído anteriormente del personaje.

P. Por último, ¿el lector podría interpretar, en clave simbólica, que la mujer anónima que llama a Maite para decirle que su marido le engaña es la versión perversa de su conciencia?

R. Pudiera ser. Es decir, si alguien afirmara eso, yo no le llevaría a la contraria. Pero cuidado, porque me encanta, como en los falsos laberintos, llevar a los lectores por caminos que no conducen a nada o que no tienen una explicación. Esto lo llevo haciendo desde hace bastantes novelas y algo queda ahí inexplicado. Pero esa interpretación me parece perfecta. Ahora confieso que no se me había ocurrido.

P. Ah, ¿y qué siente por su tierra en estos momentos? ¿La echa tanto de menos como Elene?

R. No, aunque a veces he tenido algunas fases así. Sobre todo, al principio: un poco de nostalgia, no tanto por mi tierra, sino por el alejamiento de los amigos, de la familia, de la gastronomía, de algunos hábitos. Caramba, yo no soy un hombre atado a una identidad. Me he definido a menudo de una manera un tanto provocativa como un hombre centrífugo, que cuestiona su origen, sus costumbres y demás. Y he aprovechado el personaje de Elene para sentir lo que no había sentido con tanta intensidad.

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