‘Precuella’, the story of the fascists who tried to establish an empire in the United States

“Our Contemporaries”, wrote Alexis de Tocqueville in 1840 in the second volume of the book Democracy in America“They were constantly excited by two conflicting passions: they want to be guided and they want to remain freeThe result was a typically European compromise, a constant tension between state power and popular sovereignty.

Prequel

Rachel Maddow

Translated by Laura Carasusán
Captain Swing, 2026
448 pages. 25 E

Tocqueville recounted that the North Americans knew and were able to maintain a balance between the two. At the same time, he advised on the hacienda’s tendency towards “democratic despotism”. The people, he wrote, might one day vote to give up their power and put the government “in the hands of an irresponsible person or group of people.” After the rise of European democracy, Tocqueville also predicted its decline.

In recent days, authoritarianism in the United States has been the focus of Tocqueville, its definitive chronicler, although various recent books have shed light on what is euphemistically called “democratic retrogression”.

Algunos autores, como la historiadora Anne Applebaum, buscan analogías e influencias en el resurgimiento fascista en Europa. Otros, entre ellos los politólogos Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, consideran que la Constitución y los contrarios a la mayoría en el Tribunal Supremo son los principales promotores de un gobierno no representativo.

Ahora, Precuela. Una lucha de Estados Unidos contra el fascismo, de la veterana periodista Rachel Maddow (California, 1973) traza un camino diferente sobre nuestra actual situación, al centrarse en la víspera de la Segunda Guerra Mundial, cuando grupos de fascistas locales intentaron instaurar un Reich estadounidense. De esta manera, pretende desvelar hasta qué punto el autoritarismo está arraigado en el genoma estadounidense: una mutación milenaria que, en las circunstancias adecuadas, llega a expresarse con violencia.

Niños realizando el saludo nazi frente a las oficinas del NSDAP, en Nueva York


Niños realizando el saludo nazi frente a las oficinas del NSDAP, en Nueva York

Precuela, que comenzó como un pódcast, sigue a diversos grupos de descontentos del pasado mientras trabajaban, con determinación aunque sin éxito, para poner fin de forma sangrienta al experimento demócrata y liberal estadounidense.

Durante la década de 1930, organizaciones paramilitares con nombres como Legión Plateada, Frente Cristiano, Federación Germano Estadounidense y Guardia Blanca Estadounidense planearon actos de terrorismo interno, con el objetivo de sembrar el caos como pretexto para que los fascistas tomaran el poder. Fetichistas nazis como el célebre arquitecto Philip Johnson partieron en busca de un Hitler norteamericano. El elegido por Johnson fue el senador Huey Long, un político populista y corrupto que murió asesinado en 1935.

Otros líderes protofascistas, en cambio, prometieron abiertamente un genocidio. Así, Henry Allen, fundador de la Guardia Blanca Estadounidense, se comprometió públicamente al exterminio semita: “Habrá más cadáveres de judíos llenando las alcantarillas estadounidenses de los que nunca se encontraron en los pogromos europeos más ambiciosos y sanguinarios”.

Eran fanáticos, pero, como demuestra Maddow, contaban con amigos en todos los ámbitos. Cientos de policías de la ciudad de Nueva York se unieron al Frente Cristiano a finales de los años 30 y la Guardia Nacional les proporcionó armas. Los aislacionistas del Congreso recitaban los puntos de discusión elaborados por el Ministerio de Asuntos Exteriores alemán en Berlín, vilipendiando al presidente Franklin D. Roosevelt e instando a Estados Unidos a mantenerse al margen de la guerra.

Miembros de la Federación Germano Estadounidense manifestándose en Nueva York


Miembros de la Federación Germano Estadounidense manifestándose en Nueva York

Incluso un senador, Ernest Lundeen, contrató a un agente nazi como redactor de discursos, y otro, Burton Wheeler, prestó su franco del Congreso –una firma facsímil que permitía el envío gratuito de correo– a grupos nazis financiados por Alemania. No era el único, explica Maddow. Como reveló posteriormente un fiscal federal, al menos dos docenas de congresistas prestaron sus francos a la causa alemana.

De esta manera, más de tres millones de pasquines y proclamas de propaganda nazi acabaron en hogares, negocios y escuelas estadounidenses. Si en 1933 Hitler había dicho que su estrategia era “destruir al enemigo desde dentro”, en Estados Unidos contó con muchísima ayuda.

El libro de Maddow es una lectura apasionante: bien presentado, de ritmo rápido, contundente y seguro, aunque a veces resulte demasiado coloquial. Pero dejando a un lado los tics destinados a captar oyentes, Precuela es una valiosa ventana a la mentalidad autoritaria y al proceso mediante el cual los autoproclamados patriotas se rebelan contra la democracia.

Si bien el título del libro resulta algo inapropiado, los paralelismos con la actualidad son sorprendentes: la invocación a restaurar un pasado ficticio y monocultural, el mito de la victimización de los cristianos blancos, el antisemitismo manifiesto y la glorificación de la violencia o la admiración por los dictadores.

Los nazis estadounidenses nunca se acercaron a sus objetivos, pero su odio recibió una amplia difusión y, como concluye Maddow, unieron “el aislacionismo, el antisemitismo y el fascismo” en un “tejido ominosamente apretado”. 

Es cierto que la dictadura es la expresión más potente de la idea de que, en palabras de Orwell, algunos son “más iguales que otros”. También lo es que la desigualdad en Estados Unidos se ha manifestado –y sigue manifestándose– en tácticas de estado policial, en la búsqueda de chivos expiatorios y el odio racial, en la represión del derecho al voto y en mentiras oficiales. En otras palabras, puede parecerse mucho al autoritarismo en su forma pura. El hecho de que el régimen nazi viera como modelo las leyes de Jim Crow [que legalizaron la segregación racial en Estados Unidos a finales del XIX] it was not accidental.

However, as a diagnosis of men who appear in the United States, the combination of authority and autocracy has its limits. A sense of superiority and a desire for power over others can coexist with democracy because it is so uncomfortable. But what Trump said and used is even worse than the idea that we are not equal; It’s the idea that men are not only inferior to us, but less than human.

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